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| Entrada del pueblo |
Desde la primera vez que fui a Inriville, la casa de mis abuelos, cada día fue muy especial. El día comenzaba temprano en la mañana cuándo mi madre me despertaba de la que alguna vez fue su cama, me levantaba a desayunar y no veía la hora de terminar para poder salir al patio o ir a la plaza a jugar aunque muchas veces acompañaba en bicicleta a mi abuelo a hacer los mandados.
Me quedaba en las hamacas hasta que se hacía la hora de comer, volvía en mi bicicleta y esperaba con ansias la comida en la mesa. Una vez después de almorzar, agarraba mi pelota y corría con ella en el patio, mientras todos dormían la siesta, hasta aproximadamente las 5 cuando entraba a merendar mientras miraba la televisión con mi abuelo jugando a las cartas.
Algunos días íbamos todos a visitar otros familiares que vivían también en el pueblo y nos quedábamos a cenar allí o ellos venían a la casa. Las viejas anécdotas que escuchaba, la forma en que me divertía jugando hicieron muy especiales e inolvidables esos momentos vividos ahí.
Recuerdo con mucha nostalgia y aprecio aquellas mañanas en las que despertaba con el sonido de los pájaros cantando en el antiguo pueblo de Inriville, lugar de vida de mis abuelos, donde nació y se crió mi madre. Un pequeño pueblo al sudeste de Córdoba con alrededor de 4.000 habitantes. Demasiado tranquilo como todos los pueblos, aunque lo disfrutaba mucho en ese entonces, era un niño e íbamos con mis primos a la plaza que quedaba a dos cuadras a columpiarnos en las hamacas, jugar a la pelota, y dar vueltas en la calesita una y otra vez.
Durante mi niñez frecuentábamos muy a menudo la localidad, por lo menos unas 3 o 4 veces al año para visitar a nuestros abuelos que nunca quisieron moverse de su sitio natal, toda su vida estaba y siempre iba a estar ahí. A mi abuelo le encantaba recorrer el pueblo en bicicleta con nosotros mientras nos contaba historias de su juventud en los lugares por los que pasábamos.
No se borran de mi memoria las tardes de verano en la pileta del fondo de la casa, donde nos divertíamos con los chicos vecinos que siempre venían a jugar y a visitar a mi abuela que era muy querida en el pueblo, y sobre todo por los niños, ella trabajaba en el colegio del pueblo hace muchos años y se había ganado su cariño por ser tan encantadora y agradable. Disfrutaba mucho cocinando, como casi todas las abuelas, y nosotros también nos deleitábamos con sus clásicas tortas, pan casero, o tallarines que hacía cada vez que íbamos. Y si hablamos de comer, no puedo dejar de nombrar los asados de mi abuelo de todos los domingos antes de mirar los partidos de fútbol del día y verlo como loco gritando goles o sufriendo por su querido Boca, mientras mi abuela con mis tías se morían de la risa.
Cuando llegaba la Navidad, mis primos, mi hermana y yo le ayudábamos a mi abuelo a adornar el pino que estaba en el patio, un árbol altísimo, de alrededor de 20 metros que se iluminaba siempre en esa época y era muy lindo de ver.
Estos recuerdos, entre otros, son partes muy felices de mi niñez, de mi vida. Hoy en día recapitular esos momentos es algo muy grato y se lo debo a ellos, Juan y Juana, mis abuelos.
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| Parroquia Ntra. Señora del Cármen |


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